Un descuido de Camavinga complica LaLiga para el Madrid

Hay partidos que se explican en un gesto. En Mallorca, el del Eduardo Camavinga fue el de una mirada tardía, el de un paso parsimonioso y el de una carrera que no emprendió en el tanto de Manu Morlanes. Y, en ese instante, el Real Madrid, derrotado 2-1 por el Mallorca, dejó algo más que tres puntos: dejó escapar parte de una Liga que ya empieza a torcerse para el equipo de Álvaro Arbeloa.
Camavinga, en su decimotercera titularidad en Liga, ofrecía hasta el tanto del Mallorca, en el minuto 41, un partido correcto, de esos que no molestan pero tampoco lucen. Y el Real Madrid no vive de la corrección: vive de la excelencia. Hasta ese instante, el medio transitó por el duelo sin ruido, con alguna arrancada de las suyas -una de ellas dejó a Kylian Mbappé frente al portero-, pero sin asumir el peso que se le exige en tardes decisivas.
Entonces llegó la jugada. Tres toques. Nada más. Pablo Torre abrió a la derecha, Pablo Maffeo levantó la cabeza y encontró la llegada limpia de Morlanes. Un recorrido largo, evidente, sin oposición. Morlanes recibió al borde del área y batió a Andriy Lunin con una tranquilidad pasmosa. Sin nadie que le estorbara.
Detrás, casi como espectador, Camavinga. No siguió la jugada. No acompañó. No corrigió. Llegó tarde y mal, que es peor que no llegar. Y en ese detalle mínimo, que en el fútbol es todo, se quebró el sistema. Antonio Rüdiger lo entendió al instante: su gesto de reproche fue tan claro como el hueco que dejó su compañero.
El contexto tampoco ayudó. Sin Fede Valverde por sanción, con el Bayern Múnich asomando en el horizonte y con varios jugadores cansados tras el parón internacional, Arbeloa agitó el once. Vinícius empezó en el banquillo junto a Jude Bellingham -aún verde, sin ritmo competitivo- y Camavinga, por Thiago Pitarch, entró en escena junto al canterano Manuel Ángel, sustituto de Valverde. Era una oportunidad. No la aprovechó.
El Real Madrid fue un equipo plano, sin filo, sostenido únicamente por la amenaza intermitente de Mbappé, al que Leo Román le negó el gol que habría sido su vigésimo cuarto en Liga. El Mallorca, en cambio, jugó a lo que sabía: esperar y golpear. Y cuando llegó su ocasión, no perdonó.
Camavinga, sustituido a falta de media hora por Bellingham, se marchó con la sensación de haber dejado pasar el tren. Uno más en una temporada que, en su caso, no termina de arrancar. No es aquel jugador preciso que controlaba y agitaba partidos.
Tras su salida llegaron los goles de Militao y de Muriqi que no cambiaron nada. El Mallorca se agarró a la salvación y demostró que a veces el fútbol no necesita grandes errores porque basta una omisión. Y la de Camavinga pesó como una losa. Y en una Liga que no admite distracciones, ese tipo de acciones se pagan. El Real Madrid lo sabe e inició su posible adiós al título en un instante en el que una lupa enfocó al medio francés.